viernes, 19 de octubre de 2012

Mijaíl Shólojov. Cuentos


SANGRE DE SHIBALOK



––Eres una mujer instruida, llevas gafas, pero no lo quieres entender... ¿Qué voy a hacer con él?...

Nuestro destacamento se encuentra a cosa de cuarenta verstas de aquí, he venido andando, lo he traído en brazos. ¿Ves la piel de los pies toda lacerada? Tú eres la directora de esta casa de niños, ¡hazte, pues, cargo de la criatura! ¿Que no hay sitio? ¿Y yo, qué voy a hacer con él? Bastantes fatigas me ha costado. No sabes cuánto he sufrido... Sí, es mi hijo, mi sangre... Va para los dos años y no tiene madre. Lo de ella es una historia aparte. El año antepasado me encontraba yo en una sotnia  encargada de misiones especiales. Por aquel entonces perseguíamos en las stanitsas del Alto Don a la banda de Ignátiev. Yo era justamente tirador de ametralladora. Habíamos salido de un pueblo y alrededor se extendía la estepa desnuda como una cabeza calva, el calor era insoportable. Cruzamos una loma y empezamos la bajada hacia un bosquecillo; yo era de los primeros en el carro donde iba montada la ametralladora. Me pareció que cerca del camino había una mujer tendida. Arreé los caballos y me dirigí hacia allá. Era una mujer como cualquiera otra. Yacía tendida boca arriba y con las faldas subidas hasta más arriba de la cabeza. Me apeé y vi que estaba viva, respiraba... Le metí el sable entre los dientes para separárselos y le di a beber de la cantimplora. Acabó de reanimarse. En esto se acercaron los cosacos de la sotnia y empezaron las preguntas:

––¿Quién eres? ¿Por qué estás tendida junto al camino enseñando las vergüenzas?...

Empezó a llorar como si se despidiera de un difunto, a duras penas pudimos sacarle que una banda que venía de los alrededores de Astrajan se había apoderado de ella, se la llevaron en los carros y después de abusar la habían abandonado en pleno camino... Yo les dije a los compañeros:

––Hermanos, permitidme que, como víctima que es de los bandidos, la lleve con nosotros en el carro.

––Recógela, Shibalok. Las mujeres tienen siete vidas, las muy zorras; que se reponga un poco, y después ya veremos lo que se hace.

¿Qué te creías? Aunque no me gusta ir oliendo las faldas de las mujeres, sentí lástima y la recogí para mi desgracia. Se repuso, se acostumbró a nosotros: lavaba la ropa a los cosacos, remendaba sus calzones, hacía trabajos propios de mujer. A nosotros nos daba reparo tenerla en la sotnia. El jefe no cesaba de renegar:

––¡Agárrala del rabo y arréale una patada en el c...!

A mí me daba mucha lástima. Empecé a decirle:

––Vete de aquí, Daria, vete por las buenas. Cualquier día puede alcanzarte una bala y entonces sabrás lo que es llorar...

Ella empezaba a gritar y a lamentarse:

––Fusiladme aquí mismo, queridos cosacos, pero no me separaré de vosotros.

Al poco tiempo mataron a mi conductor y me vino con una cuestión aún más espinosa:

––Ponme de conductor. Sé manejar los caballos tan bien como otro cualquiera.

Le entregué las riendas y le dije:

––En cuanto empiece el combate, da la vuelta y te quedas con la trasera hacia delante. Pero debes hacerlo en un segundo. De lo contrario, tenlo por seguro, te moleré a golpes.

Todos los cosacos veteranos quedaron maravillados de la forma en que se desenvolvía, nadie diría que era mujer. Al colocarnos en posición, hacía girar a los caballos en redondo. Y conforme el tiempo pasaba, mejor era su comportamiento. Acabamos por enredarnos ella y yo. Bueno, hasta que quedó embarazada. Así estuvimos como cosa de ocho meses persiguiendo a la banda. Los cosacos de la sotnia se burlaban de mí:

––Mira, Shibalok, tu conductor engorda tanto con el rancho, que ya no cabe en el pescante.

Así las cosas, en una ocasión se nos acabaron los cartuchos. Y los del servicio de municionamiento que no venían. La banda se encontraba en un extremo de un jútor y nosotros en el otro. En el pueblo nadie sabía que estábamos sin cartuchos, lo guardábamos con mucho secreto. Pero alguien nos hizo traición. Yo estaba de puesto y a medianoche oí un ruido: parecía que la tierra temblaba. Venían sobre nosotros como un alud con el propósito de envolvernos. Avanzaban a cuerpo descubierto, sin temor alguno, y hasta se permitían gritar:

––¡Rendíos, cosacos rojos! ¡Sabemos que se os han acabado los cartuchos! ¡De lo contrario, os daremos una buena carrera!...

Mijaíl Shólojov
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Y nos la dieron... Nos retorcieron el rabo de tal modo que tuvimos que salir loma arriba a uña de caballo. A la mañana siguiente nos reunimos a unas quince verstas del jútor, en un bosque. Faltaba más de la mitad de la gente. Los demás habían muerto a sablazos. La pena me abrumaba. Y para colmo, Daria se sintió mal. Había pasado la noche a caballo, galopando, y ahora estaba con la cara desfigurada, morada. Dio unas vueltas y se apartó del campamento, metiéndose en lo más espeso del bosque. Comprendí de qué se trataba y me fui tras ella. Entró en un barranco, encontró un hoyo, lo cubrió con hojas secas, como una loba, y se acostó, primero de bruces y luego se volvió de espaldas. Se quejaba con los primeros dolores del parto, mientras que yo permanecía sin moverme detrás de unos arbustos, mirando por entre las ramas... Primero se quejaba, luego empezó a gritar, las lágrimas corrían por sus mejillas, con la cara lívida y los ojos que parecía que se le iban a salir. Hacía fuerzas, como si le hubiera dado un calambre. No es cosa de hombres, pero me di cuenta de que no podría parir ella sola, que iba a morirse... Salí del arbusto y corrí hacia ella, tratando de ver la manera de ayudarla. Me incliné, me arremangué, pero era tal el miedo que sentía que el cuerpo se me cubrió de sudor. He matado sin la menor vacilación, pero eso... Procuré atenderla, ella dejó de gritar y me vino con semejante salida:

––¿Sabes, Yasha, quién ha dicho a la banda que se nos habían acabado los cartuchos? ––y se me quedó mirando muy seria.

––¿Quién? ––pregunté a mi vez.

––Yo.

––No seas estúpida. ¿Has comido algo malo? Cállate y estate quieta. No es momento de conversaciones...

Ella insistió:

––La muerte está a mi cabecera, quiero confesar mi culpa, Yasha... No sabes tú a qué clase de víbora dabas calor bajo tu camisa...

––Está bien, confiésalo y vete al diablo ––dije yo. Y me lo reveló todo. Mientras lo contaba no cesaba de dar cabezadas contra el suelo.

––Yo ––me explicó ––estaba en la banda por mi voluntad, y me entendía con el jefe de ellos, Ignátiev... Hace un año me mandaron a vuestra sotnia para que les proporcionara toda clase de informes vuestros. Para disimular  fingí lo de  que me habían violado... Me muero, pero, de lo contrario, habría logrado acabar con toda la sotnia...

Sentí que el corazón se me encendía y no pude contenerme: le di una patada y empezó a echar sangre por la boca. Pero en esto le empezaron otra vez los dolores y vi que entre las piernas asomaba la criatura... Era una cosa húmeda que lanzaba vagidos como la liebre entre los dientes del zorro... Daria lloraba y reía, se arrastraba hacia mí y trataba de abrazarme las rodillas... Yo di la vuelta y me fui a la sotnia. Les conté a los cosacos todo cuanto había pasado...

El escándalo fue fenomenal. La primera intención fue la de pegarme cuatro tiros, luego me dijeron:

––Tú saliste en su defensa, Shibalok, tú debes terminar con ella y con el recién nacido. De lo contrario, te haremos picadillo...

Yo me puse de rodillas y les dije:

––¡Hermanos! A ella la mataré no por miedo, sino porque así me lo dice la conciencia. Por los camaradas a los que su traición costó la vida. Pero tened compasión de la criatura. El niño es de ella y mío por mitad, es sangre mía: que quede con vida. Todos vosotros tenéis mujer e hijos. Yo no tengo a nadie más que a él...

Supliqué a la sotnia, besé el suelo. Ellos sintieron lástima de mí y dijeron:

––¡Está bien, sea! Que tu sangre crezca y que de ella salga un tirador de ametralladora tan valiente como tú, Shibalok. ¡Pero a la mujer la tienes que matar!

Volví hacia Daria. Ella estaba sentada, ya compuesta y con la criatura en brazos.

Le dije así:

––No permitiré que acerques la criatura a tus pechos. Nació en una época calamitosa y no debe probar la leche de la madre. Y a ti, Daria, debo matarte por ser enemiga de nuestro Poder Soviético. ¡Ponte de espaldas al barranco!...

––¿Y el niño, Yasha? Es carne tuya. Si me matas quedará sin leche y morirá también. Deja que lo críe y luego podrás matarme. No me importa...

––No ––le dije––, la sotnia me ha dado una orden muy severa. En cuanto al niño, no te preocupes. Lo criaré con leche de yegua, no dejaré que se me muera.

Me eché dos pasos atrás y preparé el fusil. Ella se abrazó a mis piernas, me besaba las botas...

Me alejé sin mirar. Me temblaban las manos, las piernas se me doblaban, se me caía la criatura, aquella cosa desnuda y resbaladiza...

Cinco días después de eso volvimos a pasar por aquellos lugares. En la hondonada, sobre los árboles, vimos una nube de cuervos... No puedes imaginarte las fatigas que me ha costado esta criatura.

––Agárralo de los pies y estréllalo contra una rueda. ¿Por qué te preocupas tanto de él, Shibalok? ––me decían los cosacos.

A mí me daba mucha compasión el diablillo. Pensaba así: “Que crezca; si al padre le retuercen el pescuezo, el hijo sabrá defender el Poder Soviético. Quedará un recuerdo de Yákov Shibalok, no moriré como una mala hierba, dejaré descendencia...” Al principio, puedes creerme, buena ciudadana, lloraba por culpa de él, y eso que nunca había vertido una lágrima. En la sotnia parió una yegua, al potrillo le pegamos un tiro y así tuvimos leche. Él se resistía a mamar, lloraba, pero luego se acostumbró y chupaba como cualquier chico del pecho de su madre.

Le hice una camisa de unos calzoncillos míos. Se le ha quedado pequeña, pero no importa, ya se arreglará...

Y ahora ponte en mi situación: ¿qué quieres que haga con él? ¿Que es demasiado pequeño? Es muy listo y come de todo... ¡Quédatelo, evítale más calamidades! ¿Te quedas con él?... ¡Gracias, ciudadana!... Yo, en cuanto aplastemos a la banda de Fomín, vendré a ver cómo marcha.

¡Adiós, hijo, sangre de Shibalok!... Hazte fuerte... ¡Ah, hijo de perra! ¿Por qué le tiras de la barba a tu padre? ¿No te he cuidado? ¿No te he dado todos los mimos? ¿Por qué buscas ahora pelea? Ea, deja que como despedida te dé un beso en la cabecita...

No se preocupe, buena ciudadana, ¿piensa que va a llorar? No... Tiene algo de bolchevique: morder sí que muerde, no voy a negarlo, pero en cuanto a lágrimas, ¡no hay quien le haga verter una sola!...



miércoles, 17 de octubre de 2012

Federico García Lorca. Poeta en Nueva York


ODA A WALT WHITMAN


                                                           
Por el East River y el Bronx
los muchachos cantaban enseñando sus cinturas,
con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.
Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas
y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

Pero ninguno se dormía,
ninguno quería ser el río,
ninguno amaba las hojas grandes,
ninguno la lengua azul de la playa.

Por el East River y el Queensborough
los muchachos luchaban con la industria,
y los judíos vendían al fauno del río
la rosa de la circuncisión
y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados
manadas de bisontes empujadas por el viento.

Pero ninguno se detenía,
ninguno quería ser nube,
ninguno buscaba los helechos
ni la rueda amarilla del tamboril.

Cuando la luna salga
las poleas rodarán para tumbar el cielo;
un límite de agujas cercará la memoria
y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.

Nueva York de cieno,
Nueva York de alambres y de muerte.
¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?
¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?
¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas?

Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,
he dejado de ver tu barba llena de mariposas,
Federico García Lorca
Poeta en Nueva York
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ni tus hombros de pana gastados por la luna,
ni tus muslos de Apolo virginal,
ni tu voz como una columna de ceniza;
anciano hermoso como la niebla
que gemías igual que un pájaro
con el sexo atravesado por una aguja,
enemigo del sátiro,
enemigo de la vid
y amante de los cuerpos bajo la burda tela.
Ni un solo momento, hermosura viril
que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,
soñabas ser un río y dormir como un río
con aquel camarada que pondría en tu pecho
un pequeño dolor de ignorante leopardo.

Ni un sólo momento, Adán de sangre, macho,
hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,
porque por las azoteas,
agrupados en los bares,
saliendo en racimos de las alcantarillas,
temblando entre las piernas de los chauffeurs
o girando en las plataformas del ajenjo,
los maricas, Walt Whitman, te soñaban.

¡También ese! ¡También! Y se despeñan
sobre tu barba luminosa y casta,
rubios del norte, negros de la arena,
muchedumbres de gritos y ademanes,
como gatos y como las serpientes,
los maricas, Walt Whitman, los maricas
turbios de lágrimas, carne para fusta,
bota o mordisco de los domadores.

¡También ése! ¡También! Dedos teñidos
apuntan a la orilla de tu sueño
cuando el amigo come tu manzana
con un leve sabor de gasolina
y el sol canta por los ombligos
de los muchachos que juegan bajo los puentes.

Pero tú no buscabas los ojos arañados,
ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,
ni la saliva helada,
ni las curvas heridas como panza de sapo
que llevan los maricas en coches y terrazas
mientras la luna los azota por las esquinas del terror.

Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,
toro y sueño que junte la rueda con el alga,
padre de tu agonía, camelia de tu muerte,
y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.

Porque es justo que el hombre no busque su deleite
en la selva de sangre de la mañana próxima.
El cielo tiene playas donde evitar la vida
y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía.
Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,
la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,
los ricos dan a sus queridas
pequeños moribundos iluminados,
y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo
por vena de coral o celeste desnudo.
Mañana los amores serán rocas y el Tiempo
una brisa que viene dormida por las ramas.

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos
que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde
que aman al hombre y queman sus labios en silencio.
Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,
de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
del Amor que reparte coronas de alegría.

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
gotas de sucia muerte con amargo veneno.
Contra vosotros siempre,
Faeries de Norteamérica,
Pájaros de la Habana,
Jotos de Méjico,
Sarasas de Cádiz,
Apios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Floras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
abiertos en las plazas con fiebre de abanico
o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel! La muerte
mana de vuestros ojos
y agrupa flores grises en la orilla del cieno.
¡No haya cuartel! ¡Alerta!
Que los confundidos, los puros,
los clásicos, los señalados, los suplicantes
os cierren las puertas de la bacanal.

Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson
con la barba hacia el polo y las manos abiertas.
Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando
camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.
Duerme, no queda nada.
Una danza de muros agita las praderas
y América se anega de máquinas y llanto.
Quiero que el aire fuerte de la noche más honda
quite flores y letras del arco donde duermes
y un niño negro anuncie a los blancos del oro
la llegada del reino de la espiga.