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martes, 26 de febrero de 2013

Alexander S. Pushkin. Dubrovski


CAPÍTULO IV



Unos días después de su llegada, el joven Dubrovski quiso ocuparse de los asuntos, pero su padre no se hallaba en condiciones de darle las explicaciones necesarias, y además carecía de administrador. Examinando los papeles, no halló más que la primera carta del asesor y el borrador de la repuesta a la misma, lo que no bastaba para darle una idea clara del pleito, y decidió esperar los acontecimientos confiando en la razón que les asistía.

Entre tanto, la salud de Andréi Gavrílovich empeoraba por momentos. Vladímir preveía un rápido final y no se apartaba del anciano, que había vuelto por completo a su primera infancia.

Se agotó el plazo y no fue presentado el recurso. Kisteniovka pertenecía a Troekúrov. Shabashkin acudió a él y, entre grandes reverencias y felicitaciones, le rogó que fijase un día a su elección para entrar en posesión de la finca que acababa de obtener; preguntó si lo haría personalmente o por poder. Kirila Petróvich se turbó. No era codicioso, mas el deseo de venganza le había llevado demasiado lejos y ahora le remordía la conciencia. Sabía la situación en que se hallaba su adversario, antiguo compañero de juventud, y la victoria no le alegraba. Miró severamente a Shabashkin, buscando un pretexto por reñirle, pero no encontrándolo, dijo con irritación:

––Vete, no estoy para eso.

Shabashkin, viendo que no se hallaba de buen talante, hizo una inclinación y se apresuró a alejarse. Una vez solo, Kirila Petróvich se puso a pasear por la habitación, silbando Retumbe el trueno de la victoria, que en él era signo de violenta agitación. Mandó por último enganchar un cochecillo, se abrigó (pues esto sucedía ya a fines de septiembre) y, guiando él mismo, salió del patio de su casa.

A la vista de la casita de Andréi Gavrílovich sentimientos contradictorios inundaron su alma. Un sentimiento de venganza satisfecha y su carácter pugnaban por dominar otro más noble, que acabó por triunfar. Se decidió a hacer las paces con su viejo vecino, a olvidar los motivos de la disputa y a devolverle su hacienda. Aliviada el alma con tan buenos propósitos, Kirila Petróvich puso el cochecillo al trote, en dirección a la casa de su vecino, entrando directamente en el patio.

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El enfermo se encontraba en aquel momento sentado junto a la ventana del dormitorio. Reconoció a Kirila Petróvich y una angustia indecible se dibujó en su rostro: el rojo purpúreo sucedió a la ordinaria palidez, sus ojos despidieron chispas y balbuceó unas sonidos inarticulados. El hijo, que estaba a su lado revisando los libros de la hacienda, levantó la cabeza y quedó asombrado. El enfermo señalaba el patio con el dedo, con claras muestras de terror y de cólera. Recogía presuroso los faldones de su bata, disponiéndose a levantarse del sillón, cuando al incorporarse cayó desplomado. El hijo se precipitó hacia él; el anciano yacía sin conocimiento y sin respiración: le había sobrevenido un ataque de parálisis.

––¡Pronto, pronto, id a la ciudad a buscar un médico! ––gritó Vladímir.

––Kirila Petróvich pregunta por usted ––dijo un criado, entrando en el dormitorio.

Vladímir le dirigió una mirada espantosa.

––Di a Kirila Petróvich que se vaya antes de que yo mande que lo echen de aquí.

El criado corrió alegremente a cumplir la orden de su señor. Egórovna juntó las manos.

––Has perdido la cabeza ––dijo con voz chillona––. Kirila Petróvich nos comerá a todos.

––Cállate ––dijo enfadado Vladímir––. Manda ahora mismo a Antón a la ciudad en busca de un médico.

Egórovna se alejó. En la antesala no había nadie, pues todos estaban congregados en el patio para ver a Kirila Petróvich. Salió al portal y oyó la respuesta del criado en nombre del joven señor. Kirila Petróvich la escuchó sentado en su cochecillo; su cara se hizo más sombría que la noche, sonrió con desprecio, paseó una mirada amenazadora por la servidumbre y salió del patio al paso de su caballo. Miró hacia la ventana junto a la que se encontraba Andréi Gavrílovich, pero éste había desaparecido. La niñera seguía en el portal, olvidada de la orden de su señor.

La servidumbre comentaba ruidosamente lo sucedido. De pronto, Vladímir apareció entre ellos y dijo lo siguiente con voz ronca:

––Ya no hace falta el médico, mi padre ha muerto.

Se produjo gran confusión. La gente se precipitó a la habitación del viejo señor. Éste yacía en el sillón al que Vladímir le había trasladado; la mano derecha colgaba hasta tocar el suelo, la cabeza reclinada sobre el pecho y el cuerpo, aún caliente, estaba ya desfigurado por la muerte. Egórovna rompió en sollozos; los criados rodearon el cadáver, abandonado a sus cuidados. Lo lavaron, y vistiéndolo con su uniforme, hecho el año 1797, lo colocaron sobre la misma mesa en la que durante tantos años habían servido a su señor.

 

CAPÍTULO V 

El entierro se efectuó al tercer día. El cuerpo del  anciano yacía sobre la mesa, cubierto con el sudario y rodeado de cirios. El comedor estaba lleno de criados. Se disponían a llevar el cadáver. Vladímir y tres servidores levantaron a hombros el ataúd. Abrió la marcha el sacerdote, al que acompañaba el diácono cantando las oraciones funerarias. El dueño de Kisteniovka cruzó por última vez el umbral de su casa. Llevaron el ataúd por el bosquecillo, detrás del cual se encontraba la iglesia. Era un día de otoño, claro y frío. Las hojas caían de los árboles.

Al salir del bosquecillo, vieron la iglesia de madera de Kisteniovka y el cementerio con sus viejos tilos otoñales. Allí reposaba el cuerpo de la madre de Vladímir y otra fosa había sido abierta la víspera junto a su tumba.

La iglesia estaba llena de campesinos de Kisteniovka que habían acudido a rendir los últimos honores a su señor.

El joven Dubrovski se quedó en el coro; no lloraba ni rezaba, pero su rostro era espantoso. Terminó la triste ceremonia. Vladímir fue el primero en despedirse del muerto, y tras él lo hizo toda la servidumbre. Acercaron la tapa y clavaron el ataúd. Las mujeres sollozaban con grandes gritos; los hombres se limpiaban las lágrimas con el puño. Vladímir y los tres criados transportaron el féretro hasta la tumba, acompañados por toda la aldea. El ataúd fue bajado a la fosa, los presentes arrojaron a ella un puñado de tierra y comenzaron a funcionar las palas. Todos hicieron una inclinación y, finalmente, se dispersaron. Vladímir se alejó apresuradamente adelantándose a todos, y se ocultó en el bosque de Kisteniovka.

En nombre del joven señor, Egórovna invitó al pope y sus acompañantes al banquete funerario, explicando que éste no tenía el propósito de asistir. De esta suerte, el padre Antón, su mujer, Fedótovna, y el diácono se dirigieron a pie a la casa señorial, comentando con Egórovna las virtudes del difunto y haciendo conjeturas en torno a lo que esperaba a su heredero. (En toda la comarca se conocía ya la llegada y el recibimiento que se había hecho a Troekúrov, y los políticos del lugar profetizaban las importantes consecuencias que esto traería consigo).

––Lo que sea sonará ––dijo la mujer del pope––, aunque sería una lástima que Vladímir Andréievich no fuese nuestro señor. Es un valiente.

––¿Quién va a ser nuestro señor, sino él? ––le interrumpió Egórovna––. Hace mal Kirila Petróvich en acalorarse, no ha tropezado con un cobarde. Mi halcón sabrá defenderse y, si Dios quiere, seguiremos disfrutando de sus favores. Kirila Petróvich es muy orgulloso, pero tuvo que marcharse con el rabo entre piernas cuando mi Grisha le gritó: “¡Largo, perro viejo! ¡Fuera de aquí!”

––¡Ay, Egórovna! ––dijo el diácono––, no sé cómo Grígori se atrevió. Creo que me decidiría antes a insultar al Señor que a mirar de reojo a Kirila Petróvich. Cuando lo veo, empiezo a temblar de miedo, el espinazo se me dobla sin que yo me dé cuenta y parece como si quisiera caer a sus pies...

––Vanidad de vanidades ––comentó el sacerdote––. También a Kirila Petróvich le cantarán un responso como ahora a Andréi Gavrílovich. Acaso el entierro sea más suntuoso y se reúna más gente, pero ante Dios todos somos iguales.

 ––¡Ay, padre!  También nosotros quisimos llamar a la gente de toda la comarca, pero Vladímir Andréievich se opuso. Hay lo suficiente para obsequiar a quien hubiese acudido, pero tuvimos que obedecerle. Pero aunque no sean muchos, agasajaré debidamente a nuestros queridos invitados.

Esta promesa, unida a la esperanza de encontrar un sabroso festín, hizo apresurar el paso a sus interlocutores, que llegaron felizmente a la casa señorial, donde ya se servía el vodka en la dispuesta mesa.

Entre tanto, Vladímir, adentrándose en la espesura, trataba de calmar su dolor con el ejercicio y la fatiga. Caminaba sin mirar, mientras las ramas le azotaban y arañaban a cada paso, y sus pies se hundían en el pantanoso terreno una y otra vez sin que lo advirtiera. Finalmente, llegó a una pequeña hondonada rodeada de árboles; un riachuelo, que el otoño había dejado casi sin agua, se deslizaba silencioso. Vladímir se detuvo, se sentó en el frío césped y los pensamientos, a cual más sombrío, se adueñaron de él. Experimentaba una intensa sensación de soledad. El futuro se le presentaba cubierto de nubarrones. La enemistad con Troekúrov anunciaba nuevas desgracias. Si su pobre finca pasaba a manos ajenas, le esperaba la miseria. Permaneció largo rato inmóvil, contemplando el suave fluir del arroyo, que arrastraba algunas hojas marchitas, y creyó ver en él una fiel imagen de la vida. Advirtió, por fin, que empezaba a oscurecer. Se levantó y trató de encontrar el camino de la casa, deambulando largo rato por el desconocido bosque, hasta dar con el sendero que le conducía directamente a ella. Al encuentro de Dubrovski venían el pope y todo el personal de la iglesia.

A su mente acudió la idea de un desgraciado presagio... Maquinalmente se hizo a un lado y se ocultó entre los árboles. Ellos no le vieron y al pasar junto a él hablaban con calor entre sí.

––Apártate del mal y haz el bien ––decía el pope a su mujer––. Aquí no tenemos ya nada que hacer. No debe preocuparte cómo va a terminar el asunto...

Ella replicó algo que Vladímir no oyó.

 Al acercarse a la casa vio que campesinos y criados se agolpaban en el patio. Desde lejos oyó el inusitado ruido y rumor de conversaciones. En el cobertizo había dos troikas. Un grupo de varios desconocidos, con levitas de uniforme, parecían cambiar impresiones junto al portal.

––¿Qué significa esto? ––preguntó irritado a Antón, que acudía a su encuentro––. ¿Quiénes son? ¿Qué desean?

––¡Ay, padrecito Vladímir Andréievich! ––contestó el viejo, jadeante––. Ha venido el juzgado. Nos entregan a Troekúrov, nos quieren privar de tus mercedes...

Vladímir bajó la cabeza, mientras la gente rodeaba a su desgraciado señor.

––Tú eres nuestro padre ––clamaban, besándole las manos––. No queremos a ningún otro señor más que a ti. Manda, señor, y les ajustaremos las cuentas a los del juzgado. Moriremos, pero no consentiremos que se salgan con la suya.

Vladímir los miró, agitado por extraños sentimientos.

––Quedaos tranquilos ––les dijo––, yo hablaré con ellos.

––Habla, padrecito ––sonaron varias voces entre la multitud––. Habla a la conciencia de esos malditos.

Vladímir se acercó a los funcionarios. Shabashkin, con la gorra encasquetada y los brazos en jarras, miraba orgulloso alrededor. El jefe de policía del distrito, un hombre alto y grueso de unos cincuenta años, mejillas coloradas y grandes bigotes, al ver acercarse a Dubrovski carraspeó y dijo con voz ronca:

––Os lo repito: conforme al fallo del tribunal del distrito, desde ahora pertenecéis a Kirila Petróvich Troekúrov, representado aquí por el señor Shabashkin. Obedecedle en todo cuanto os mande, y vosotras, mujeres, queredlo y respetadlo. Es muy aficionado a casadas y solteras.

Acompañó la pesada broma con una sonora risotada, que los demás corearon. Vladímir hervía de indignación.

––Permítame preguntarle qué significa esto ––se dirigió con aparente sangre fría al alegre funcionario.

––Esto significa ––contestó el interpelado–– que hemos venido a tomar posesión de la finca en nombre de Kirila Petrovich Troekúrov y que pedimos a todos los demás que se vayan por las buenas.

––Creo que hubieran podido dirigirse a mí antes que a mis campesinos y anunciarme, como propietario que soy, que había sido desposeído de mis bienes...

––¿Y quién eres tú? ––terció Shabashkin con una insolente mirada––. El antiguo propietario, Andréi Gavrílovich Dubrovski, ha muerto conforme a la voluntad de Dios. No sabemos quién eres ni deseamos saberlo.

––Señoría, es nuestro joven señor, Vladímir Andréievich ––resonó una voz entre la multitud.

––¿Quién se atreve a abrir la boca? ––preguntó en tono amenazador el jefe de policía––. ¿Qué señor, qué Vladímir Andréievich? Vuestro señor es Kirila Petróvich Troekúrov. A ver si os enteráis, imbéciles.

––De ningún modo ––dijo la misma voz.

––¡Esto es un motín! ––bramó el jefe de policía––. ¡Eh, stárosta, acércate!

El stárosta dio unos pasos al frente.

––Busca ahora mismo a quien se ha atrevido a hablar así conmigo. ¡Verá lo que es bueno!

El stárosta se volvió hacia la gente y preguntó quién había hablado. Pero todos callaron. Pronto, en las filas de atrás se levantó un murmullo que al instante se convirtió en un tremendo vocerío. El jefe de policía suavizó el tono y trató hacerlos entrar en razón.

––¡No hay nada que mirar! ––gritaron los de la servidumbre––. ¡Duro con ellos, muchachos! ––y la gente se hizo adelante.

Shabashkin y los demás funcionarios se apresuraron a meterse en el zaguán y cerraron tras sí la puerta.

––¡Hay que atarlos, muchachos! ––gritó la misma voz de antes, y la gente empezó a empujar.

––¡Deteneos! ––gritó Dubrovski––. ¡No seáis estúpidos! Os vais a perder y me perderéis a mí. Idos a vuestras casas y dejadme tranquilo. No temáis, nuestro soberano es misericordioso. Le suplicaré y no tolerará esta ofensa, pues todos nosotros somos hijos suyos. ¿Cómo voy a interceder por vosotros si os amotináis y procedéis como bandoleros?

Las palabras del joven Dubrovski, su sonora voz y majestuoso continente produjeron el efecto deseado. La gente se acalló, dispersándose, y el patio quedó vacío. Los funcionarios seguían en el interior de la casa. Por fin, Shabashkin abrió con precaución la puerta y, entre humilladas reverencias, dio a Dubrovski las gracias por su generosa intervención.

Vladímir lo escuchó con desprecio y no contestó.

––Hemos decidido ––prosiguió el asesor––, con su permiso, pasar aquí la noche; ha oscurecido y sus mujiks podrían atacarnos en el camino. Lo único que le rogamos es que dé orden de que nos preparen dónde dormir, aunque sea unas brazadas de heno en la sala. Tan pronto como amanezca nos volveremos a casa.

––Hagan lo que quieran ––contestó secamente Dubrovski––. Aquí ya no soy el dueño.

Dichas estas palabras, entró en la habitación de su padre y cerró tras sí la puerta.



sábado, 17 de noviembre de 2012

Alexander S. Pushkin. Los relatos de Belkin


EL JEFE DE POSTA


¿Quién no ha maldecido a los jefes de posta, quién no los ha colmado de improperios? ¿Quién, en un arranque de cólera, no les ha exigido el libro fatal para dejar en él constancia de su inútil reclamación contra las vejaciones, la zafiedad y el desorden? ¿Quién no los considera monstruos del género humano semejantes a los difuntos podiachi o, por lo menos, a los salteadores de Múrom? Seamos, sin embargo, ecuánimes, tratemos de ponernos en su lugar y entonces tal vez nuestro juicio sea mucho más indulgente. ¿Qué es un jefe de posta? Un verdadero mártir de la clase decimocuarta y última en el escalafón administrativo, a quien su título no le sirve más que para ponerle a cubierto de los golpes, y aun así no en todas las ocasiones (apelo a la conciencia de mis lectores). ¿Cuál es el cargo de ese dictador, como en son de broma le llama el príncipe Viázemski? ¿No es un auténtico galeote? No conoce el descanso ni de día ni de noche. Todo el mal humor acumulado durante el tedioso trayecto, lo descarga el viajero sobre el jefe de posta. El tiempo es insoportable, el camino infernal, el cochero tozudo, los caballos apenas si se arrastran: la culpa es del jefe de posta. Al entrar en su mísera morada, el viajero lo mira como a un enemigo; menos mal si consigue librarse pronto del molesto huésped; pero, ¿y si no hay caballos?... ¡Dios mío, qué de insultos, qué de amenazas caen sobre su cabeza! En plena lluvia y entre el barro se ve obligado a correr por las caballerizas; cuando se ha desatado la nevasca, con un frío que se cala hasta los huesos, se retira al zaguán para descansar siquiera sea un instante de los gritos y empujones del viajero irritado. Llega un general; el jefe de posta, tembloroso, le entrega las dos últimas troikas, una de ellas la del correo. El general se va sin darle siquiera las gracias. A los cinco minutos, ¡la campanilla!... Un correo con despachos oficiales arroja sobre la mesa su hoja de ruta... Pongámonos en su lugar y un sentimiento de sincera simpatía invadirá nuestro corazón en lugar de la cólera.

Unas palabras más: en el transcurso de veinte años he recorrido Rusia en todas direcciones; conozco casi todos los caminos de posta; he utilizado los servicios de varias generaciones de cocheros; raro es el jefe de posta al que no conozca de vista, son muy pocos los que no he tratado; confío en publicar, en un futuro próximo, el curioso material reunido en mis apuntes de viaje; de momento me limitaré a decir que el común de las gentes sustenta la idea más falsa acerca del gremio de los jefes de posta. Estos hombres tan calumniados son seres pacíficos, serviciales por naturaleza, sociables, modestos en su apetencia de honores y no excesivamente codiciosos. Sus conversaciones (que en vano desdeñan los señores) son muy amenas e instructivas. En lo que a mí se refiere, confieso que prefiero hablar con ellos que con cualquier funcionario de sexta clase que viaja en comisión de servicio.

No es difícil adivinar que poseo amigos entre el honorable gremio de los jefes de posta. Efectivamente, tengo en particular estima la memoria de uno de ellos. Las circunstancias nos hicieron intimar en otro tiempo y acerca de él desearía hablar ahora a mis amables lectores.

Alexander S. Pushkin
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En mayo de 1816 viajaba yo por un camino real, hoy inexistente, de la provincia de X. Era entonces un funcionario de baja categoría, utilizaba los servicios de la posta y únicamente tenía derecho a dos caballos. De ahí que me tratasen sin grandes miramientos, y a menudo tenía que lograr en combate lo que, a mi parecer, me correspondía en derecho. Joven y exaltado como era, me indignaba la bajeza y cobardía de los jefes de posta cuando éstos cedían para el coche de algún dignatario los últimos caballos, que ya tenían dispuestos para mí. Igualmente me ha costado mucho acostumbrarme a que los siervos entendidos en jerarquías dejaran de servirme algún plato en los banquetes del gobernador. Hoy día, lo uno y lo otro me parece normal. En efecto, ¿qué sería de nosotros si en vez de la regla, cómoda para todos, de «respeta las jerarquías», se implantara otra, por ejemplo, la de «respeta el talento»? ¡Qué de disputas surgirían entonces! Y los criados, ¿a quién servirían primero? Pero volvamos a nuestro relato.

Era un día caluroso. A tres verstas de la posta de X empezó a gotear, y un minuto después una lluvia torrencial me había calado hasta los huesos. Al llegar a la estación, mi primer cuidado fue cambiarme de ropa; el segundo, pedir té.

—¡Eh, Dunia! —gritó el jefe de la posta—. Enciende el samovar y ve a buscar crema.

A estas palabras, una muchacha como de catorce años salió de la pieza vecina y corrió al zaguán. Su belleza me dejó atónito.

—¿Es hija tuya? —pregunté al jefe de la posta.

—Sí —contestó él orgulloso—. ¡Es tan juiciosa y tan lista! El vivo retrato de su difunta madre.

Se puso a anotar en el registro mi hoja de ruta y yo me dediqué a contemplar los cuadros que adornaban su humilde, pero aseada mansión. Representaban la historia del hijo pródigo: en el primero, un anciano respetable, con gorro de dormir y bata, despedía a un inquieto joven, que se apresuraba a recibir su bendición y una bolsa de dinero. En otro, con vivos colores, se daba a conocer la depravada conducta del joven: estaba sentado ante una mesa en compañía de falsos amigos y de impúdicas mujeres. Luego, el joven, ya arruinado, cubierto de andrajos y con sombrero de tres picos, cuidaba unos cerdos, cuya comida compartía; su rostro expresaba profundo pesar y arrepentimiento. Venía, por fin, la vuelta al hogar paterno; el buen anciano, con el mismo gorro y la misma bata, corría a su encuentro; el hijo pródigo estaba postrado de rodillas; en un segundo plano se veía al cocinero, sacrificando un cebado ternerillo, mientras que el primogénito preguntaba a los criados la causa de tanta alegría. Al pie de cada cuadro pude leer unos versos alemanes adecuados al caso. Todo esto se ha conservado en mi memoria hasta la fecha, lo mismo que las macetas de balsamina y la cama con su cortina de chillones colores y los demás objetos que entonces me rodeaban. Veo como si tuviera ante mí al propio dueño de la casa, un cincuentón fuerte y animoso, y su largo levitón verde con tres medallas colgando de unas descoloridas cintas.

Apenas había pagado a mi viejo cochero, cuando Dunia volvía con el samovar. La pequeña coqueta se dio cuenta en seguida de la impresión que me había producido y bajó sus ojos grandes y azules. Nos pusimos a hablar. Ella respondía a mis preguntas sin la menor muestra de timidez, como una muchacha con experiencia mundana. Invité al padre a un vaso de ponche, ofrecí a Dunia una taza de té y los tres nos pusimos a conversar como si fuéramos viejos conocidos.

Los caballos llevaban largo rato enganchados, pero yo no sentía el menor deseo de separarme del jefe de la posta y de su hija. Me despedí, por fin, de ellos; el padre me deseó buen viaje y la hija me acompañó hasta mi carricoche. En el zaguán me detuve y le pedí permiso para besarla: ella accedió... Muchos besos puedo contar pero ninguno dejó en mí un recuerdo tan duradero y agradable,

 desde que de eso me ocupo...

Transcurrieron algunos años y las circunstancias me llevaron a aquel mismo camino real y a aquellos mismos lugares. Recordé a la hija del viejo jefe de la posta y me alegró el simple pensamiento de que iba a verla de nuevo. Pero, pensé, quizá el viejo haya sido reemplazado; probablemente, Dunia estará casada. La idea de que el padre o la hija podían haber muerto cruzó también por mi mente, y me acerqué a la posta con un triste presentimiento.

Los caballos se detuvieron ante el edificio. Entré en la casa y al instante reconocí los cuadros del hijo pródigo; la mesa y la cama continuaban en los sitios de antes, pero en las ventanas ya no había flores y todo alrededor parecía vetusto y abandonado. El jefe de la posta dormía tapado con su capote: despertado por mi llegada, se incorporó... Era el mismo Simeón Virin, pero ¡cómo había envejecido! Mientras registraba mi hoja de ruta, contemplé sus canas, las profundas arrugas de su cara, sin afeitar desde hacía tiempo, su encorvada espalda, y no salía de mi asombro. ¿Cómo tres o cuatro años habían podido convertir a un hombre animoso en un vejestorio?

 —¿No me conoces? —le pregunté—. Somos viejos amigos.

—Es posible —me contestó sombrío—. El camino es grande y son muchos los viajeros que han parado en mi casa.

—Y Dunia, ¿sigue bien?

El viejo frunció el ceño.

—Eso Dios lo sabe —contestó.

—¿Se ha casado, no?

El viejo aparentó no haber oído y continuó leyendo a media voz mi hoja de ruta. No hice más preguntas y pedí que calentasen una tetera de agua. La curiosidad empezaba a picarme y abrigaba la esperanza de que el ponche desataría la lengua de mi viejo conocido.

No me equivocaba: el viejo no rechazó el vaso que le ofrecía. Advertí que el ron disipaba su melancolía. El segundo vaso le desató la lengua; me recordó, o aparentó reconocerme, y de sus labios escuché una conmovedora historia que entonces atrajo todo mi interés.

—Así, pues, conoció usted a mi Dunia —comenzó—. ¿Quién no la conocía? ¡Ay, Dunia, Dunia! ¡Qué muchacha era! Nadie pasaba por aquí sin decirle algún cumplido; a todos agradaba, nadie podía decir nada malo de ella. Las señoras le hacían regalos: ésta un pañuelo, aquélla unos dientes. Los señores se detenían con el pretexto de comer o cenar para poder contemplarla a sus anchas. Hasta los más irascibles se calmaban al verla y hablaban con toda amabilidad conmigo. Créame, señor, los correos se pasaban su buena media hora de charla con ella. Era la que sostenía la casa: para hacer la limpieza, para cocinar, para todo encontraba tiempo. Y yo, viejo estúpido, no me cansaba de mirarla embobado. ¿Es que no la quería, es que no la colmaba de mimos? ¿Acaso le daba mala vida? Pero lo que ha de ocurrir, ocurre; no hay forma de eludir la desgracia.

Y el viejo pasó a relatarme sus desventuras con todo detalle.

Tres años atrás, en un atardecer de invierno, cuando el jefe de la posta estaba rayando un nuevo libro de registro y la muchacha cosía en la habitación contigua, llegó una troika. El viajero, que llevaba gorro circasiano, capote militar y se envolvía el cuello con una bufanda, entró exigiendo caballos. No los había, todos estaban de viaje. Al oírlo, el viajero levantó la voz y la fusta, pero Dunia, habituada a tales escenas, salió presurosa y le preguntó afablemente si quería comer algo. La aparición de la muchacha produjo el efecto de siempre. Se disipó la cólera del viajero, éste accedió a esperar los caballos y pidió que le sirvieran la cena. Cuando se hubo despojado del peludo y mojado gorro, de la bufanda y del capote, padre e hija pudieron ver que se trataba de un joven y apuesto húsar, de bigotillo negro. Se instaló en el aposento del jefe de la posta y entabló conversación con él y con su hija. Fue servida la cena. Entretanto, habían llegado los caballos y el jefe de la posta dispuso que inmediatamente, sin darles siquiera un pienso, los engancharan en el coche del oficial. Pero al volver encontró al joven tendido en un banco, casi sin conocimiento: se había sentido mal, le dolía la cabeza, le era imposible seguir el viaje... ¡Qué se le iba a hacer! El jefe de la posta cedió su cama al enfermo con el propósito de, si al día siguiente no se encontraba mejor, mandar a la ciudad en busca de un médico.

Al otro día, el húsar se había agravado. Su criado marchó a caballo a la ciudad en busca del médico. Dunia le aplicó unas compresas de vinagre y se sentó con su labor a la cabecera del enfermo. Éste, cuando el jefe de la posta entraba a verle, no cesaba de quejarse y apenas hablaba; sin embargo, se tomó dos tazas de café y, entre constantes lamentaciones, pidió que le sirvieran el almuerzo. Dunia no se apartaba de él. A cada instante, el enfermo pedía de beber, y la muchacha le daba un vaso de limonada que había preparado ella misma. El enfermo se humedecía los labios y, cada vez, al devolver el vaso, apretaba con su débil mano, en señal de gratitud, la mano de Dunia. A la hora de comer llegó el médico. Tomó el pulso del enfermo, habló con él en alemán y manifestó en ruso que lo único que necesitaba era reposo y que a los dos o tres días estaría en condiciones de reanudar el viaje. El húsar le pagó veinticinco rublos por la visita y le invitó a compartir su almuerzo. El médico accedió; comieron con buen apetito, se bebieron una botella de vino y se separaron muy satisfechos el uno del otro.

Pasó otro día y el húsar acabó de reponerse. Se mostraba extraordinariamente alegre, no cesaba de bromear, ya con Dunia, ya con el jefe de la posta, silbaba, charlaba con los viajeros, registraba sus hojas de ruta en el libro, y agradó tanto al buen jefe de la posta que éste se sintió apenado cuando, a la mañana del tercer día, tuvo que despedirse de su amable huésped. Era domingo y Dunia se disponía a ir a misa. El coche esperaba ya al húsar, quien se despidió del jefe de la posta, recompensándole generosamente por la estancia y la comida; se despidió también de Dunia y se brindó a llevarla hasta la iglesia, que se encontraba en las afueras de la aldea. Ella parecía indecisa...

—¿Qué temes? —le dijo su padre—. Su señoría no es un lobo y no te va a comer. Da un paseo hasta la iglesia.

Dunia tomó asiento junto al húsar, el criado subió al pescante, el cochero lanzó un silbido y los caballos partieron al galope.

El pobre jefe de la posta no alcanzaba a comprender cómo había permitido que su hija marchara con el húsar, cómo se había cegado, qué había nublado entonces su razón. No había transcurrido media hora cuando se despertó en él tal angustia que, incapaz de seguir esperando, se dirigió a la iglesia. Al acercarse al templo vio que la gente estaba saliendo de misa, pero Dunia no estaba ni en el recinto ni en el atrio. Entró apresuradamente: el sacerdote bajaba del altar; el sacristán apagaba las velas, dos viejas seguían rezando en un rincón; tampoco allí estaba. El infortunado padre apenas si tuvo valor para preguntar al sacristán si su hija había asistido a la misa. El sacristán le contestó negativamente. El jefe de la posta volvió a casa más muerto que vivo. Le quedaba una esperanza: quizá Dunia, con la despreocupación propia de la juventud, hubiera querido seguir hasta la posta siguiente, donde residía su madrina. Con dolorosa inquietud esperaba el regreso de la troika en que había dejado marchar a su hija.

El cochero tardaba en volver. Por fin se presentó al anochecer, solo y borracho, con una noticia terrible:

—Dunia ha seguido adelante con el húsar.

El viejo no pudo soportar la desgracia y se desplomó sobre el mismo lecho que un día antes ocupaba aún el joven seductor. Ahora, dándole vueltas a todas las circunstancias del suceso, cayó en la cuenta de que la enfermedad del húsar había sido fingida. Una fuerte calentura se apoderó de él; lo trasladaron a la ciudad y su puesto fue ocupado interinamente por otro. Le asistió el mismo médico que había atendido al húsar. Le aseguró que el joven estaba entonces completamente sano y que él había sospechado sus siniestras intenciones, aunque calló por miedo a la fusta. No sabemos si el alemán decía verdad o si quería presumir de perspicaz, pero lo cierto es que no llevó el menor consuelo al pobre enfermo. Éste, apenas se hubo repuesto de su enfermedad, solicitó de sus superiores dos meses de permiso y, sin hablar a nadie de sus intenciones, se dirigió a pie en busca de su hija. Por el libro de registro de viajeros sabía que el capitán de caballería Minski se dirigía de Smolensk a Petersburgo. El cochero que lo llevó dijo que Dunia había llorado durante todo el trayecto, aunque, al parecer, iba de buen grado.

—Quizá pueda regresar a casa con mi oveja descarriada —se dijo el jefe de posta.

Animado por esta idea, llegó a Petersburgo, se alojó en el cuartel del regimiento de Izmáiov, con un suboficial retirado, viejo compañero de servicio, e inició sus búsquedas. Pronto supo que el capitán Minski estaba en Petersburgo y que residía en la hostería de Demútov. El jefe de posta decidió hacerle una visita.

Por la mañana temprano llegó a la antesala y rogó que se anunciara a su señoría que un viejo soldado deseaba verle. Un asistente, que estaba limpiando unas botas de montar, le hizo saber que el señor dormía y que antes de las once no acostumbraba a recibir a nadie. El jefe de posta se retiró y volvió a la hora señalada. Le abrió la puerta el propio Minski, con batín y bonete rojo.

—¿Qué se te ofrece, amigo? —le preguntó.

El corazón del viejo dio un vuelco, las lágrimas acudieron a sus ojos y se limitó a balbucir con voz temblorosa:

—Señoría... Hágame la merced divina...

Minski le dirigió una rápida mirada, enrojeció, lo tomó del brazo, lo llevó a su despacho y cerró la puerta.

—Señoría —continuó el viejo—, lo pasado, pasado está. Devuélvame, al menos, a mi pobre Dunia. Usted habrá satisfecho ya su capricho, no deje que se pierda en vano.

—Sí, lo que se ha hecho no se puede volver atrás —dijo el joven, sumamente turbado—. Reconozco mi culpa y te ruego que me perdones. Pero no pienses que puedo abandonar a Dunia: será feliz, te doy mi palabra de honor. ¿Para qué quieres llevártela? Me quiere y no podría volver a la vida de antes. Ni tú ni ella seríais capaces de olvidar lo ocurrido.

Luego, poniéndole algo en la mano, abrió la puerta y el jefe de posta, sin saber cómo, se encontró en la calle.

Durante largo rato permaneció inmóvil, hasta que, al fin, abrió la mano y vio en ella unos papeles; se trataba de unos cuantos billetes arrugados de cincuenta rublos. Las lágrimas, esta vez lágrimas de indignación, afluyeron de nuevo a sus ojos. Hizo una pelota con los billetes, los tiró al suelo, los pisoteó y echó a andar... Se alejó unos pasos, se detuvo pensativo... y dio la vuelta... Pero los billetes ya no estaban. Un joven elegantemente vestido, al verle, corrió hacia un coche de punto, subió a él apresuradamente y gritó:

—¡Arrea!

El jefe de posta no hizo nada por seguirle. Había decidido regresar a su casa, pero antes quería ver, siquiera una vez, a su pobre Dunia. Con este objeto volvió dos días después a la casa de Minski. Sin embargo, el asistente le dijo de malos modos que el señor no recibía a nadie y, empujándole fuera de la antesala, le cerró la puerta en sus mismas narices. El viejo permaneció indeciso unos instantes y optó por irse.

Aquel mismo día, por la tarde, caminaba por la avenida Litéinaia después de haber hecho sus oraciones en la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, cuando, de pronto, pasó ante él un elegante coche en el que vio a Minski. El coche se detuvo ante la puerta de una casa de tres pisos, y el húsar se metió en ella. Una idea feliz cruzó por la mente del jefe de posta. Volvió sobre sus pasos y cuando estuvo junto al cochero le preguntó:

—Dime, amigo mío, ¿de quién es este coche? ¿No es de Minski?

—Sí que lo es —contestó el cochero—. ¿Por qué lo preguntas?

—Verás, tu dueño me mandó que llevara una esquela a su Dunia y se me ha olvidado dónde vive.

—Aquí mismo, en el segundo piso. Has llegado tarde con tu esquela, amigo. El capitán está ya con ella.

—No importa —dijo el jefe de la posta, cuyo corazón empezó a latir violentamente—. Gracias por el favor, pero, de todas maneras, cumpliré el encargo.

Y dichas estas palabras, se dirigió a la escalera.

La puerta estaba cerrada; llamó y esperó angustiado unos segundos. Rechinó la llave en la cerradura y le abrieron.

—¿Vive aquí Avdotia Simeónovna? —preguntó.

—Sí —contestó una joven doncella—. ¿Qué deseas?

Él entró en el recibimiento sin contestar a la pregunta.

—¿Qué hace usted? ¿Adónde va? —gritó la doncella a sus espaldas—. Avdotia Simeónovna tiene visita.

Pero el jefe de la posta siguió adelante, sin escucharla. Las dos primeras habitaciones estaban a oscuras; en la tercera había luz. El viejo se acercó a la puerta entreabierta y se detuvo. En la estancia, excelentemente amueblada, se encontraba Minski, sentado en un sillón, en actitud pensativa. Dunia, vestida con todo el lujo de la última moda, descansaba en uno de los brazos del mueble, como una amazona en su silla inglesa, y contemplaba tiernamente a Minski, cuyos negros rizos enrollaba en sus dedos deslumbrantes de joyas. ¡Pobre jefe de posta! ¡Jamás le había parecido su hija tan bella! Sin él mismo darse cuenta, se quedó admirándola.

—¿Quién está ahí? —preguntó ella sin levantar la cabeza.

El viejo callaba. Al no tener respuesta, Dunia levantó la vista... y lanzando un grito, se desplomó sobre la alfombra. Minski, asustado, acudió a levantarla. Al ver en la puerta al anciano jefe de posta, dejó a Dunia y se acercó a él, temblando de cólera.

—¿Qué es lo que quieres?  —le dijo, apretando los dientes —. ¿Por qué me sigues furtivamente a todas partes como un bandido? ¿O es que quieres degollarme? ¡Largo de aquí! —y agarrando con fuerza al viejo por las solapas, lo sacó a empellones a la escalera.

El viejo volvió a su alojamiento. Su amigo le aconsejó que denunciara el caso a las autoridades, pero el jefe de posta, después de pensarlo, decidió abandonarlo todo a su suerte. Dos días más tarde salía de Petersburgo y regresaba a su estación de posta, donde reanudó sus actividades.

—Ya va para tres años —concluyó— que vivo sin Dunia y sin saber nada de ella. ¿Vive? ¿Ha muerto? Sólo Dios lo sabe. Todo puede ocurrir. No fue la primera ni será la última en dejarse seducir por un galán de paso, que hoy la hace su amante y mañana la abandona. En Petersburgo abundan esas jovenzuelas tontas, que hoy van vestidas de raso y terciopelo y que mañana pasearán por las calles con los descamisados de las tabernas. Cuando pienso que Dunia puede correr la misma suerte, incurro sin darme cuenta en un pecado y desearía verla muerta...

Tal fue el relato de mi amigo, el viejo jefe de la posta, relato interrumpido sin cesar por las lágrimas que él se secaba pintorescamente con el faldón del capote, como el solícito Teréntich en la encantadora balada de Dmítriev. Estas lágrimas eran motivadas en parte por el ponche, del que en el transcurso de su narración se había metido cinco vasos entre pecho y espalda; mas, sea como fuere, me conmovieron profundamente. Después de separarnos pasé mucho tiempo sin poder olvidar al viejo jefe de la posta, pensando en la pobre Dunia.

Hace poco, al pasar por el lugarejo de X, me acordé de mi amigo; supe que la posta que él gobernaba había sido suprimida. A mi pregunta de si él vivía, nadie supo darme respuesta satisfactoria. Decidí visitar aquellos parajes que ya conocía, alquilé un coche y me dirigí a la aldea de N.

Esto sucedió en otoño.  Unas nubes grisáceas cubrían el cielo; un viento frío venía de los rastrojos, llevándose las hojas encarnadas y amarillas de los árboles que encontraba a su paso. Llegué a la aldea cuando el sol se estaba poniendo y me detuve ante la casita de la posta. En el zaguán (donde un día me había besado la pobre Dunia) me recibió una mujer gorda y a mis preguntas respondió que mi viejo amigo había muerto hacía un año y que la casa había sido ocupada por un fabricante de cerveza. Ella era la mujer del cervecero. Lamenté mi inútil viaje y los siete rublos gastados en vano.

—¿De qué murió? —pregunté a la mujer del cervecero.

—De tanto beber —contestó ella.

—¿Dónde está enterrado?

—En las afueras del pueblo, junto a la tumba de su mujer.

—¿Podría acompañarme alguien a su tumba?

—¿Por qué no? ¡Eh, Vanka! Deja de jugar con el gato. Acompaña al señor al cementerio y dile dónde está la tumba del jefe de la posta.

Un chicuelo harapiento, pelirrojo y tuerto, corrió hacia mí y me condujo a las afueras del pueblo.

—¿Conocías al difunto? —le pregunté por el camino.

—¡Claro que lo conocía! Me enseñó a hacer flautas de caña. A veces (que Dios le tenga en su gloria) le seguíamos cuando salía de la taberna, gritando: «¡Abuelo, abuelo, danos nueces!», y él nos las daba. Todo el tiempo se lo pasaba con nosotros.

—Y los viajeros, ¿lo recuerdan?

—Son muy pocos ahora. A veces se deja caer por aquí el juez, pero a ése le preocupan poco los muertos. Este verano sí que pasó una señora, preguntó por el viejo jefe de la posta y acudió a su tumba.

—¿Qué señora? —pregunté, picado por la curiosidad.

—Una señora muy guapa —contestó el chicuelo—. Viajaba en un coche tirado por seis caballos, con tres niños, un ama de cría y un perrito negro. Cuando le dijeron que el viejo jefe de la posta había muerto, se echó a llorar y les dijo a los niños: «No os mováis de aquí mientras voy al cementerio.» Me ofrecí a acompañarla, pero ella dijo: «Conozco el camino.» Y me dio cinco kopeks. Era una señora muy buena...

Llegamos al cementerio, un campo sin tapia alguna, sembrado de cruces de madera, al que no daba sombra ni un solo árbol. Jamás había visto un cementerio tan triste.

—Esta es la tumba del viejo jefe de la posta —me dijo el chicuelo, saltando a un montón de tierra en el que había clavada una cruz negra con un Cristo de cobre.

—¿Y la señora vino aquí? —pregunté.

—Sí —me contestó Vanka—. Yo la estuve mirando desde lejos. Se echó al suelo y estuvo tendida mucho rato. Luego volvió al pueblo, llamó al pope, le dio dinero y se marchó. Y a mí me regaló cinco kopeks. ¡Una señora magnífica!

También yo le di al chiquillo cinco kopeks y no me importaron el viaje ni los siete rublos que me había costado.