lunes, 15 de octubre de 2012

Rabindranath Tagore. La luna nueva


LA PATRIA DEL PROSCRITO

 
Madre, la luz palidece en el cielo gris. ¿Qué hora es? Ya me cansa el juego y vengo a tu lado. Es sábado, nuestro día de fiesta. Deja tu trabajo, madre, ven a sentarte a la ventana y dime, que ya no recuerdo, dónde está el desierto de Tepantar de que habla el cuento.

La sombra de la lluvia ha cubierto el cielo de punta a punta. ¡El feroz relámpago desgarra las nubes con sus  uñas!

Cuando las nubes truenan, ¡qué agradable es sentir cómo tiembla mi corazón y estrecharme contra ti! Cuando la lluvia pesada azota horas y horas las hojas del bambú, y nuestras ventanas gimen, sacudidas por el viento, ¡cómo me gusta sentarme a tu lado en la estancia, mientras me cuentas algo del desierto de Tepantar de que habla el cuento!

¿Dónde está, madre? ¿En qué orilla de qué mar? ¿Al pie de qué montañas? ¿En el reino de qué rey? Allí no habrá, como aquí, vallas entre los campos, ni en los prados habrá caminos para que, por la tarde, los campesinos regresen a su pueblo, y las recogedoras de leña vayan del bosque al mercado. Mucha arena, algunos matojos de hierba amarillenta y un solo árbol en el que anidan dos viejos pájaros astutos es lo que habrá en el desierto de Tepantar.

Rabindranath Tagore
La luna nueva
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Me imagino que un joven príncipe, montado en un caballo gris, cruza a solas el desierto en un día tan sombrío como hoy. Va en busca de la princesa que languidece en la cárcel del gigante, en la otra orilla de ese mar desconocido. Mientras la lluvia desciende como un telón y el relámpago salta como un hombre víctima de súbito dolor, ¿piensa el príncipe en su pobre madre abandonada por el rey, en su madre que limpia el establo y se seca las lágrimas de los ojos, mientras él cabalga por el desierto de Tepantar de que habla el cuento?

Mira, madre, todavía es de día, pero hay ya la oscuridad de la noche. Nadie anda por el camino de la aldea. El pastorcillo volvió muy pronto de los pastos, y los hombres dejaron los campos: sentados en las esteras de sus chozas, contemplan las nubes amenazadoras.

Mamá: he guardado mis libros en el estante. Te lo ruego, no me pidas hoy que estudie. Cuando sea mayor como mi padre, ya aprenderé todo lo que hay que saber. Pero hoy, por una vez tan sólo,  madre, dime dónde está el desierto de Tepantar de que habla el cuento.


domingo, 14 de octubre de 2012

Arístides Valdés Guillermo. Esbozos con figura de muchacha


INTERMEZZO

                                                 
Nadie sabrá que tú lanzas
toda la luz a mi encuentro,
que ––hada feliz–– hacia el centro
de mi otoño te abalanzas.
Nadie sabrá que le amansas
a mi nombre su espejismo
ni que, huyendo del abismo
donde me descubro a veces,
hecha de palabras, creces
desde el fondo de mí mismo.

Nadie sabrá que tú existes
cuando en la noche te hundes,
Arístides Valdés Guillermo
Esbozos con figura de muchacha
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cuando, hambrienta, le confundes
el corazón a los tristes.
Nadie sabrá que resistes
de lo incierto la mordida
ni que, sudando aterida
junto al frío que me asedia,
tu soledad le remedia
su soledad a otra vida.

Nadie sabrá que, ya inerte
la ponzoña del vacío,
victimaria de mi hastío,
tú escaparás de la muerte.
Nadie sabrá que la suerte
de tu ser ––su ejecutoria––
será quebrantar la noria
que sediento me ha dejado,
para hundir en mi costado
las flechas de tu memoria.

Pero tú sabes mi duende,
sus caprichos, su estocada.
Tú sabes que esa emboscada
de tus labios me sorprende.
Tú sabes cómo se aprende
tu desnudez mi costumbre.
Tú sabes que con la lumbre
de tu sueño me acorralas
porque, soñando, te igualas
a una estrellita en la cumbre.


Jaime Sabines. Poemas


LOS AMOROSOS...

                                                            
Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables.
Los que siempre ––¡qué bueno!–– han de estar solos.

Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.

En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.

Jaime Sabines
Poemas
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Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.

Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.

Kahlil Gibran. El profeta


DEL CRIMEN Y EL CASTIGO

                                                                       
Entonces, uno de los jueces de la ciudad se adelantó y dijo: “Háblanos del crimen y el castigo.”

Y él respondió, diciendo:

“Es cuando vuestro espíritu va vagando en el viento que vosotros, solos y sin guarda, cometéis una falta para con los demás y, por lo tanto, para con vosotros mismos. Y, por tal falta cometida, debéis llamar a la puerta del bienaventurado y esperar por un momento.

Como el océano es vuestro dios personal. No conoce los caminos del topo ni busca los agujeros de la serpiente. Pero vuestro dios personal no habita sólo en vuestro ser; mucho en vosotros es aún hombre, y mucho en vosotros no es hombre todavía, sino un pigmeo informe que camina dormido en la niebla, en busca de su propio despertar.

Y del hombre en vosotros quiero yo hablar ahora, porque es él y no vuestro dios personal, ni el pigmeo en la niebla, el que conoce el crimen y el castigo del crimen.

Kahlil Gibran
El profeta
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A menudo os he oído hablar de aquel que comete una falta como si no fuera uno de vosotros, sino un extraño y un intruso en vuestro mundo. Pero yo os digo que, así como el santo y el justo no pueden elevarse más allá de lo más alto que existe en cada uno de vosotros, así el débil y el malvado no pueden caer más bajo que lo más bajo que está también en vosotros. Y así como una sola hoja no se vuelve amarilla sino con el silencioso conocimiento del árbol todo, así el que falta no puede hacerlo sin la voluntad oculta de todos vosotros.

Como una  procesión marcháis juntos hacia vuestro dios personal. Sois el camino y sois los caminantes. Y cuando uno de vosotros cae, cae para que los que le siguen no tropiecen en la misma piedra. ¡Ay!  Y cae por los que le precedieron, por aquellos que, siendo de paso más rápido y seguro, no removieron, sin em­bargo, la piedra del camino.

Y esto aún, aunque las palabras pesen duramente sobre vuestros corazones: el asesinado no es irresponsable de su propia muerte. Y el robado no es libre de culpa al ser robado. El justo no es inocente de los hechos del malvado. Y el de las manos blancas no está limpio de lo que el felón hace.

Sí; el reo es, muchas veces, la víctima del injuriado. Y, aún más a menudo, el condenado es el que lleva la carga del sin culpa. No podéis separar el justo del injusto ni el bueno del malvado, porque ellos se hallan juntos ante la faz del sol, así como el hilo blanco y el negro están tejidos juntos. Y, cuando el hilo negro se rompe, el tejedor debe exami­nar toda la tela y examinar también el telar.

Si alguno de vosotros trajera a juicio a la mujer infiel, haced que pesen también el corazón de su marido en la balanza y midan su alma con medidas.

Y haced que aquél que azotaría al ofensor mire en el espí­ritu del ofendido.

Y si alguno de vosotros castigara en nombre de la justicia y descargara el hacha en el árbol malo, haced que mire las raíces y encontrará, en verdad, las raíces de lo bueno y lo malo, lo fructífero y lo estéril juntos y entrelazados en el silente corazón de la tierra.

Y vosotros, jueces, que debéis ser justos: ¿Qué juicio pronunciaríais sobre aquél que, aunque honesto en la carne, fuera un ladrón en espíritu? ¿Qué pena impondríais al que destruye la carne y es, él mismo, destruido en el espíritu? ¿Y cómo juzgaríais a aquel que es, en acción, un opresor y un falso, pero que es, sin embargo, también agraviado y ultrajado?  ¿Y cómo castigaríais a aquéllos cuyo remordimiento es ya mayor que su falta?  ¿No es  el  remordimiento  la  justicia administrada por la ley misma que desearíais servir?

Sin embargo, no podréis cargar al inocente de remordi­miento, ni librar de él el corazón del culpable. Vendrá el remordimiento espontáneamente en la noche para que los hombres se despierten y se contemplen a ellos mismos.

Y vosotros, que pretendéis entender de justicia, ¿cómo podréis hacerlo si no miráis todos los hechos en la plenitud de la luz? Sólo así sabréis que el erecto y el caído no son sino un solo hombre, de pie en el crepúsculo, entre la noche de su yo pigmeo y el día de su dios personal, y que la coronación del templo no es más alta que la piedra más baja de sus cimientos.”



sábado, 13 de octubre de 2012

Antón Chéjov. Cuentos


LA CRONOLOGÍA VIVIENTE


El salón del consejero áulico Charamúkin se halla envuelto en discreta penumbra. El gran quinqué de bronce con su pantalla verde imprime un tono simpático al mobiliario, a las paredes; y en la chimenea, los tizones chisporrotean, lanzando destellos intermitentes que alumbran la estancia con una claridad más viva. Frente a la chimenea, en una butaca, está arrellanado, haciendo su digestión, Charamúkin, señor de edad, de aire respetable y bondadosos ojos azules. Su cara respira ternura. Una sonrisa triste asoma a sus labios. Al lado suyo, con los pies extendidos hacia la chimenea, se encuentra Lobnief, asesor del gobernador, hombre fuerte y robusto, como de unos cuarenta años.

Junto al piano, Nina, Kola, Nadia y Vania, los hijos del consejero áulico, juegan alegremente. Por la puerta entreabierta penetra una claridad que viene del gabinete de la señora de Charamúkin. Ésta permanece sentada delante de su mesita de escritorio. Ana Pavlovna, que tal es su nombre, ejerce la presidencia de un comité de damas; es vivaracha, coqueta y tiene la edad de treinta y pico de años. Sus ojuelos vivos y negros corren por las páginas de una novela francesa, debajo de la cual se esconde una cuenta del comité, vieja de un año.

Antón Chéjov
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––Antes, nuestro pueblo era más alegre ––decía Charamúkin contemplando el fuego de la chimenea con ojos amables––; ningún invierno transcurría sin que viniera alguna celebridad teatral. Llegaban artistas famosos, cantantes de primer orden, y ahora, que el diablo se los lleve, no se ven más que saltimbanquis y tocadores de organillo. No tenemos ninguna distracción estética. Vivimos como en un bosque. ¿Se acuerda usted, excelencia, de aquel trágico italiano…? ¿Cómo se llamaba? Un hombre alto, moreno... ¿Cuál era su nombre? ¡Ah! ¡Me acuerdo! Luigi Ernesto de Ruggiero. Fue un gran talento. ¡Qué fuerza la suya! Con una sola palabra ponía en conmoción todo el teatro. Mi Anita se interesaba mucho en su talento. Ella le procuró el teatro de balde y se encargó de venderle los billetes por diez representaciones. En señal de gratitud la enseñaba declamación y música. Era un hombre de corazón. Estuvo aquí, si no me equivoco, doce años ha..., me equivoco, diez años. ¡Anita! ¿Qué edad tiene nuestra Nina?

––¡Nueve! ––gritó Ana Pavlovna desde su gabinete––. ¿Por qué lo preguntas?

––Por nada, mamaíta... Teníamos también cantantes muy buenos. ¿Recuerda usted el tenore di grazia Prilipchin…? ¡Qué alma tan elevada! ¡Qué aspecto! Rubio, la cara expresiva, modales parisienses, ¡y qué voz! Adolecía, sin embargo, de un defecto. Daba notas de estómago, y otras de falsete. Por lo demás, su voz era espléndida. Su maestro, a lo que él decía, fue Tamberlick. Nosotros, con Anita, le procuramos la sala grande del Casino de la Nobleza, en agradecimiento de lo cual solía venir a casa, y nos cantaba trozos de su repertorio durante días y noches. Daba a Anita lecciones de canto. Vino, me acuerdo muy bien, en tiempo de Cuaresma, hace unos doce años; no, más. Flaca es mi memoria. ¡Dios mío! Anita, ¿cuántos años tiene nuestra Nadia?

––¡Doce!

––Doce; si le añadimos diez meses, serán trece. Eso es, trece años. En general, la vida de nuestra población era antaño más animada. Por ejemplo: ¡qué hermosas veladas benéficas les di entonces! ¡Qué delicia! Música, canto, declamación... Recuerdo que, después de la guerra, cuando estaban los prisioneros turcos, Anita organizó una representación a beneficio de los heridos que produjo mil cien rublos. La voz de Anita trastornaba el seso de los oficiales turcos. Éstos no cesaban de besarle la mano. ¡Ja! ¡Ja! Aunque asiáticos, son agradecidos. Aquella velada tuvo tanta resonancia que hasta la anoté en mi libro de memorias. Esto ocurrió, me acuerdo como si fuera ayer, en el año 76..., no, 77...; tampoco; oiga usted, ¿en qué año estaban aquí los turcos…? Anita, ¿qué edad tiene nuestra Kola?

––Tengo siete años, papá ––replicó Kola, niña de tez parda, pelo y ojos negros como el carbón.

––Sí; hemos envejecido; perdimos nuestra energía ––dice Lobnief suspirando––. He ahí la causa de todo: la vejez; nos faltan los hombres de iniciativa, y los que la tenían son viejos. No arde el mismo fuego. En mi juventud no me gustaba que la sociedad se aburriera. Siempre fui el mejor cooperador de Ana Pavlovna. En todo lo que ella llevaba a cabo, veladas de beneficencia, loterías, protección a tal o cual artista de mérito, yo la secundaba con asiduidad, dejando a un lado mis otras ocupaciones. En cierto invierno, tanto me moví, tanto me agité, que hasta me puse enfermo. No olvidaré jamás aquella temporada. ¿No se acuerda usted del espectáculo que arreglamos a beneficio de las víctimas de un incendio?

––¿En qué año fue?

––No ha mucho...; me parece que en el 80.

––Decidme, ¿qué edad tiene Vania?

––¡Cinco años! ––grita desde su gabinete Ana Pavlovna.

––Como quiera que sea, ya se han ido seis años. ¡Amigo mío! Ya no arde el mismo fuego.

Lobnief y Charamúkin permanecen pensativos. Los tizones de la chimenea lanzan un postrer destello y cúbrense de ceniza.


César Vallejo. Poemas humanos


                                                                                      
TRASPIÉ ENTRE DOS ESTRELLAS

                                              
¡Hay gentes tan desgraciadas, que ni siquiera
tienen cuerpo; cuantitativo el pelo,
baja, en pulgadas, la genial pesadumbre;
el modo, arriba;
no me busques, la muela del olvido,
parecen salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír
claros azotes en sus paladares!

Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen
y suben por su muerte de hora en hora
y caen, a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo.

¡Ay de tánto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellas!
¡Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes!
¡Ay en mi tórax, cuando compran trajes!
¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada!

¡Amadas sean las orejas Sánchez,
amadas las personas que se sientan,
amado el desconocido y su señora,
el prójimo con mangas, cuello y ojos!

¡Amado sea aquel que tiene chinches,
el que lleva zapato roto bajo la lluvia,
el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,
el que se coge un dedo en una puerta,
el que no tiene cumpleaños,
el que perdió su sombra en un incendio,
el animal, el que parece un loro,
el que parece un hombre, el pobre rico,
el puro miserable, el pobre pobre!

César Vallejo
Poemas humanos
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¡Amado sea
el que tiene hambre o sed, pero no tiene
hambre con qué saciar toda su sed,
ni sed con qué saciar todas sus hambres!

¡Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora,
el que suda de pena o de vergüenza,
aquel que va, por orden de sus manos, al cinema,
el que paga con lo que le falta,
el que duerme de espaldas,
el que ya no recuerda su niñez; amado sea
el calvo sin sombrero,
el justo sin espinas,
el ladrón sin rosas,
el que lleva reloj y ha visto a Dios,
el que tiene un honor y no fallece!

¡Amado sea el niño, que cae y aún llora
y el hombre que ha caído y ya no llora!

¡Ay de tánto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!